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Tracey Emin & Daisy Bates dancing in Beverley Hills Hotel

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El baile conforma los aquelarres medievales

(…)Los juicios por brujería brindan una lista aleccionadora de las for- mas de sexualidad que estaban prohibidas en la medida en que eran «no productivas»: la homosexualidad, el sexo entre jóvenes y viejos,36 el sexo entre gente de clases diferentes, el coito anal, el coito por detrás (se creía que resultaba en relaciones estériles), la desnudez y las danzas. También estaba proscrita la sexualidad pública y colectiva que había prevalecido durante la Edad Media, como en los festivales de primavera de origen pagano que, en el siglo XVI, aún se celebraban en toda Europa. Com- párese, en este contexto, la descripción que hace P. Stubbes, en Anatomy of Abuse (1583) [Anatomía del abuso], de la celebración de los mayos [May Day] en Inglaterra, con los típicos relatos del aquelarre que acusa- ban a las brujas de bailar en estas reuniones, saltando de arriba a abajo al son de los caramillos y las flautas, entregadas plenamente al sexo y a la parranda colectiva.

Cuando llega mayo […] cada parroquia, ciudad y pueblo se reúne, hombres, mujeres y niños; viejos y jóvenes […] corren al monte y a los bosques, cerros y montañas, donde pasan toda la noche en pasatiempos placenteros y por la mañana regresan trayendo arcos de abedul y ramas de árboles […] La joya más preciada que traen al hogar es el árbol de mayo, que portan con gran venera- ción […] luego empiezan a comer y celebrar, a saltar y bailar a su alrededor, como hacían los paganos cuando adoraban a sus ídolos (Partridge: III).

Puede hacerse una comparación análoga entre las descripciones del aquelarre y las descripciones que hicieron las autoridades presbiterianas escocesas de los peregrinajes (a manantiales sagrados y a otros sitios san- tos), que la Iglesia Católica había promovido, pero a los que los pres- biterianos se opusieron por considerarlos congregaciones del Diablo y ocasiones para prácticas lascivas. Tendencia general de este periodo es que cualquier reunión potencialmente transgresora —encuentros de campesinos, campamentos rebeldes, festivales y bailes— fuera descrita por las autoridades como un posible aquelarre.

(…)en algunas zonas del norte de Italia, ir al aquelarre se decía «ir al baile» o «ir al juego»

(…)El Diablo con frecuencia era retratado con dos penes, mientras que las historias sobre prácticas sexuales brutales y la afición desmedida por la música y la danza se con- virtieron en los ingredientes básicos de los informes de los misioneros y de los viajeros al «Nuevo Mundo».

Fuente: El caliban y la bruja. Silvia Federici. Traficantes de sueños. 2010